Algunos comentarios críticos sobre la novelística de Pablo Montoya


Colprensa
Imagen tomada del periódico La Opinión



Afirmar que Pablo Montoya es un buen escritor resulta casi una perogrullada. No solo lo acreditan premios tan importantes como el Rómulo Gallegos, que obtuvo en 2015, sino que es algo que todo lector puede constatar por sí mismo sin grandes dificultades al recorrer sus libros. De inmediato se nota el equilibrio entre su prosa segura e imperturbable, sus diversos recursos poéticos, una erudición que invita a saber más en lugar de apabullar, y su interés sincero por problemáticas humanas que se centran principalmente alrededor de la violencia y el poder. Es muy probable que cuando todos nosotros estemos muertos, y cuando las tendencias literarias hayan cambiado tanto que sean irreconocibles para los estándares actuales, la obra de Pablo Montoya se siga leyendo con interés, en busca de respuestas para problemas futuros.

No puedo decir que conozca a profundidad esta obra, de un autor bastante productivo que ha publicado al menos veintidós libros en géneros como el cuento, la poesía, el ensayo y la novela. Estos comentarios, muy breves en realidad, se apoyan exclusivamente en la lectura de sus novelas, que pueden clasificarse como históricas, un subgénero que ha estudiado con atención el propio Pablo Montoya desde una perspectiva teórica en su libro Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso (2009). Para estos comentarios tengo en mente las novelas La sed del ojo (2004), Lejos de Roma (2008), Los derrotados (2012) y Tríptico de la infamia (2014). Quedaría por incluir La escuela de música (2018), que aún no he tenido la oportunidad de leer. Tomadas individualmente, estas novelas son bastante sólidas en sus diferentes elementos: lenguaje, personajes, situaciones, técnicas narrativas. Pero consideradas en conjunto, empiezan a mostrar algunas características comunes que me suscitan ciertos interrogantes sobre la orientación general que ha tomado la novelística de Pablo Montoya.

Sin duda la característica de ser novelas históricas es un aspecto que da cierta unidad a esa novelística y que no resulta negativa en sí misma, pues cada novela se ocupa de circunstancias, tiempos, lugares y personajes muy diferentes. La sed del ojo se ubica en París durante el siglo XIX y sus personajes son policías y fotógrafos. Lejos de Roma cuenta el destierro del poeta Ovidio, al parecer por haber contemplado desnuda a Livia, la esposa del Emperador. Los derrotados ofrece un paralelo entre los procesos revolucionarios que llevaron a la Independencia de Colombia y los procesos revolucionarios de los años ochenta que no llevaron a un resultado claramente reconocible en el país, más allá de la violencia en sí misma. Y Tríptico de la infamia presenta las relaciones entre violencia religiosa, representación pictórica y el descubrimiento de América. Este conjunto ofrece así un espectro amplio de intereses históricos que transforman cada novela en una experiencia fascinante para el lector. Sin embargo, tras abordar las cuatro novelas, me queda un poco la sensación de que su horizonte estético es básicamente el mismo.

Esto se refleja en asuntos como las voces de los personajes, que yo encuentro intercambiables entre sí, sin algo que las distinga realmente. Todos los personajes tienden a ser hombres (no mujeres, sino hombres) muy cultos, que construyen sus frases y oraciones con términos y sintaxis semejantes, y que hablan fundamentalmente de las mismas cosas: de expresiones artísticas y literarias como poemas, fotografías, pinturas y obras musicales, que se detienen a analizar con gran detalle. Incluso policías, científicos y estudiantes de colegio se transforman en poetas y críticos de arte en las novelas de Pablo Montoya. Y esto en sí mismo tampoco debe verse como algo negativo. Pero sí genera preguntas sobre por qué la misma característica se repite tercamente en sus novelas, habitualmente con el uso de tres personajes en apariencia diversos, pero que comparten la misma voz, como si en el fondo leyéramos la misma novela una y otra vez.

Me parece que esto surge de la propia erudición de Pablo Montoya, que en cierta manera lo fuerza a emplear sus personajes como vehículos para exponer teorías estéticas. Así los personajes pierden su voz en favor de la voz del ensayista. Esto es notorio en la segunda y muy bella edición de La sed del ojo (2019), que incluye una nota final del autor en que explica un poco el origen de la novela y cuyo tono se confunde fácilmente con cualquiera de sus capítulos. Y puede verse al comparar sus novelas históricas con su libro sobre novelas históricas. Es difícil encontrar diferencias significativas entre el ensayista Pablo Montoya y las voces (o la voz) de sus personajes en sus novelas.

Una característica final que quiero mencionar es la ausencia de personajes femeninos en esta novelística. Si acaso aparecen, lo hacen de forma muy distante, no por sí mismos, sino necesariamente bajo el filtro de una mirada y una voz masculinas, como figurines que sirven muy bien a funciones ornamentales, pero que carecen de vida, incluso de realidad. Las mujeres en la novelística de Pablo Montoya son aún seres muy difusos, fantasmales, imágenes hechas de humo que se insinúan con gran belleza, pero que el viento disuelve rápidamente y olvidamos pronto. Pablo Montoya debe ser consciente de que algo así sucede en sus novelas, pues apunta a este aspecto en la nota que agrega a la segunda edición de La sed del ojo.

Puede parecer paradójico mostrar admiración por una obra y al mismo tiempo plantear este tipo de comentarios críticos. Sin embargo, la paradoja se sostiene. Pienso que estas son buenas novelas, incluso grandes novelas como Los derrotados y Tríptico de la infamia, y que seguiremos hablando de ellas cuando estemos muertos. Pero al mismo tiempo es difícil dejar de reconocer que la propuesta estética no cambia significativamente de una novela a la otra. Es un poco como la sensación que pueden producir los cuadros de Fernando Botero: cada uno en sí mismo puede ser una experiencia estética formidable. Pero al ver cuatro cuadros, uno ya más o menos sabe qué esperar del quinto, independientemente de los tiempos y las circunstancias en que se produjeron. Esto no quiere decir que la experiencia de ese quinto cuadro no pueda ser igualmente formidable, pero será eso: igualmente formidable. Creo que cuando al fin lea La escuela de música esta será también la sensación que obtendré.

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