"La ceiba de la memoria" de Roberto Burgos Cantor

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La ceiba de la memoria. Bogotá: Seix Barral, 2007

He leído en alguna parte que un gran logro de esta novela es su polifonía. Yo estoy en desacuerdo. Pienso que la novela se impone al lector a pesar de su falta de polifonía, a pesar de las voces que difícilmente se distinguen entre sí, gracias a la importancia de su tema y la forma de abordarlo, gracias a las múltiples miradas que da sobre una misma tragedia y un mismo fracaso, que no es de una persona, sino de nosotros, seres humanos. Todo en esta novela funciona perfectamente, es una novela sin duda admirable, aun cuando todos sus personajes hablen básicamente igual. Los términos que emplean, la sintaxis, las metáforas, la forma de expresar inquietudes y dolores, todo lo que son en cuanto objetos de palabras, es semejante de un personaje al otro. No cambia en realidad, a pesar de que hay algunos intentos con Benkos Biohó y especialmente con Analia Tu-Bari. Pero incluso ellos dos terminan hablando igual que los demás personajes: con el horizonte verbal de los conquistadores que los esclavizan.

Y, sin embargo, cada personaje logra adquirir su propia identidad y autonomía. Todos están cuidadosamente definidos, pero no por la polifonía, sino por la fuerza de las situaciones que viven y su propia visión sobre ellas. No sé muy bien cómo Burgos Cantor logra esto, es decir, no dar voces individuales claramente reconocibles y diferenciables a sus personajes y al mismo tiempo crear personajes que son reconocibles y diferenciables entre sí. Pienso que tiene que ver con lo que acabo de mencionar: la construcción de situaciones de vida muy particulares para cada uno. Cualquiera sea el artificio que emplea, es difícil no sentir la necesidad de inclinarse con reverencia a la sombra de esta ceiba.

La estructura temporal de la novela es bastante interesante, no tanto (o no solo) por los diferentes momentos históricos que se abordan, sino especialmente por la manera de construir esos momentos, a partir de fragmentos de vidas que avanzan en paralelo. Esa fragmentación en tiempos y espacios, con capítulos cortos que cuentan pasajes concretos de una vida, es bastante eficaz para crear la ilusión de totalidad que recrea la novela: la vida en África, la llegada de los esclavos, la vida en América durante el siglo XVI, la vida en el mundo contemporáneo, todo conectado entre sí por un mismo fracaso humano, una misma tragedia y un mismo dolor.

Con el ambiente también se da una paradoja. A pesar de todas las referencias que hay al espacio y la indumentaria de los personajes, estas cosas no existen en realidad. Las descripciones de la naturaleza son más o menos estandarizadas, sin referencias a especies animales o vegetales concretas o características geográficas o topográficas de los lugares, y la indumentaria suele reducirse a asuntos generales: la ropa de Pedro y Alonso o las cadenas de Benkos y Analia, o algunos muebles y espacios de la casa de Dominica. Y aun así, ese ambiente que en apariencia se presenta de forma superficial se impone irremediablemente al lector. Es difícil no verse en medio de la selva con los personajes, caminar por las calles de Cartagena de Indias con los misioneros y los esclavos, o sentarse junto Dominica a redactar cartas en su cuarto. ¿Cómo Burgos Cantor logra esto? También es un misterio para mí.

No obstante, un aspecto que sí extraño en la novela es que carece de capas y texturas, de colores. Todo es dolor en esta novela. Y sin duda esto puede estar justificado. Pero incluso en situaciones de gran dolor, siempre hay colores diferentes, siempre hay humor, por ejemplo. La vita è bella de Roberto Benigni es un ejemplo de esto. Es difícil no soltar carcajadas en esta película sobre el Holocausto. Y ninguna de esas carcajadas quita un grado del dolor que refleja la situación que viven los personajes. Por el contrario, esa risa sobre la situación intensifica el dolor que se siente. En La ceiba de la memoria, todo es dramático y solemne. Naturalmente, esto no es en sí mismo un defecto y sin duda se puede justificar por el tema que se trata, como ya dije. Pero esto da un carácter unidimensional a la novela que deja la pregunta de si los personajes de esta historia nunca rieron en su vida. Ni siquiera sus momentos felices están tocados por el humor. Esos momentos felices están tocados por la nostalgia, es decir, en últimas, por la tristeza. Aquí creo que una novela como Maluco, la novela de los descubridores de Napoleón Baccino Ponce de León logra un elemento que beneficiaría grandemente la historia de La ceiba de la memoria: todo el drama del viaje a Maluco y su sinsentido, su gran desilusión, está atravesado por el humor.

Finalmente, no me queda clara la cronología de la novela. Yo asumí, como veo que han asumido otros lectores, que se dan tres momentos: primera mitad del siglo XVI (con personajes como Pedro, Alonso, Benkos, Analia y Dominica), mediados del siglo XX (con Thomas) y finales del siglo XX (con el narrador que visita Auschwitz). Hay varios elementos que apuntan a esta triple división: los deportes estadounidenses que sigue Thomas en Roma, los discos de Rolling Stones que oye el hijo del narrador de Auschwitz, una referencia a Sartre. Pero en realidad, como plantea el penúltimo capítulo, Thomas y el narrador que visita Auschwitz son contemporáneos y de hecho conviven por un tiempo en el mismo edificio en Roma. No logro entender este aspecto de la línea temporal, si hay algo que no estoy viendo y realmente no son tres momentos o si hay un significado diferente en el hecho de que Thomas y el narrador que visita Auschwitz compartan el mismo tiempo y el mismo espacio. Esta ambigüedad, que no se si es mía o de la novela, me satisface.

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