"Las grietas" de Alejandra Jaramillo Morales
Las grietas. Medellín: Cámara de Comercio de Medellín, 2017.
Hay algo frustrante en este libro. Y no lo digo por su cuento “El ángel”, que, a diferencia de todos los demás, parece escrito para causar pesar y cuyo final se adivina desde el segundo párrafo, sino por la sensación de que cada cuento en sí mismo es una pequeña obra de arte de gran valor estético y que aun así el libro como conjunto no está a la altura de sus partes individuales.
El libro repite hasta la saciedad, y aquí el lugar común funciona muy
bien, pues es literalmente hasta la saciedad, el contraste garcíamarquiano entre
un interior del país idealizado por lo negativo (gris, oscuro, aburrido, trágico)
y un Caribe colombiano idealizado por lo positivo (multicolor, radiante, efervescente,
festivo). García Márquez es sin duda el referente principal en este aspecto,
pues no solo se menciona un par de veces en los cuentos, sino que se hace con una
reverencia un tanto genuflexa en ocasiones, incluso como el escritor favorito
de algún personaje.
A lo anterior debe sumarse un elemento que también se repite hasta la
saciedad: la mujer que tiene una vida decepcionante en el interior del país (específicamente
Bogotá) y viaja al Caribe para encontrarse a sí misma y liberarse, aunque sin
conseguirlo por completo. Esto sucede con todos los personajes principales femeninos
e incluso se repite con los personajes principales masculinos, que en este
sentido no se diferencian en absoluto de sus contrapartes femeninas. Todos
funcionan bajo los mismos presupuestos: su vida en Bogotá está rota por algún
motivo (sexual, profesional o familiar) y viajan a Cartagena o Santa Marta (como
debe ser, pues el Caribe para nosotros, gente del interior, solo es Cartagena y
Santa Marta), donde buscan darle sentido a su vida, aunque infructuosamente en
todos los casos.
En ese contraste entre el interior del país y el Caribe colombiano y esa
búsqueda infructuosa de sentido se enmarcan los cuentos de Las grietas. El libro recurre a una especie de revalorización del mito
del buen salvaje, que en su representación nos ofrece no una imagen del Caribe,
sino más bien de los estereotipos y los prejuicios de las personas del interior
sobre esa región del país y de cierta superficialidad en los problemas
personales que pretenden resolver allí. El Caribe aparece para estas mujeres (y
hombres) como ese lugar primitivo que tiene todas las respuestas, que es bueno
en sí mismo y donde existe la promesa (al final incumplida) de sanarse. La
visión un tanto hollywoodense y europeizada de playas con mares cristalinos y pueblos
simples, pero buenos, donde solo cabe la felicidad, aunque siempre inalcanzable.
Resulta, pues, frustrante este marco general en que se asienta el libro,
pues cada uno de sus cuentos (excepto “El ángel”, para mi gusto) es de altísimo
valor en sí mismo. A partir de un lenguaje contenido, sin florituras,
tranquilo, se da poco a poco una voz propia a cada personaje y se exploran sus
motivaciones hasta alcanzar contrastes significativos y tensiones reales en
cada cuento. Hay así una gran paciencia para construir los personajes y las
situaciones que viven, con un mundo interior que se expande con seguridad hasta
regiones que nos resultan vedadas, a veces inconfesables, en el trato habitual
con nuestros semejantes. De ahí que la sexualidad femenina (“La tarea”), las
relaciones entre padres e hijos (“Las cinco bahías”), la amistad o los
silencios de pareja (“Los abrazos”) sean temas que se abordan de manera
incómoda, en contravía de nuestras convenciones más recurrentes y sin temor a
ciertas susceptibilidades que pueda tener el lector.
También es una gran cualidad de los cuentos su capacidad para cambiar de
foco. Por momentos el cuento se concentra en un personaje, luego va a otro,
vuelve al primero, va al tercero, y así. Esta es una característica que destaca
principalmente en “Aterrizaje forzado”, un cuento extraño y de gran esplendor
que hace pensar en la literatura del absurdo y en “La autopista del sur” de
Julio Cortázar. Sin embargo, es una característica que aparece también en los
demás cuentos, aunque de un modo quizá más discreto. “Fugitiva”, “Los poderes”
y “Sweet dreams” son buenos ejemplos
y muy potentes. Esta característica da siempre mayor riqueza a la mirada que
presenta la historia, la multiplica y amplía el mundo mental y emocional de los
personajes, además de crear contrastes más fuertes e interesantes entre ellos.
Por último, cabe destacar en este libro la decisión de no recurrir a finales
sorprendentes ni efectistas. Ni siquiera a finales abiertos, que dejen la
historia en punta y las decisiones en el lector. Resulta siempre claro en qué
termina la historia, pero un poco como sucede con la fotografía callejera. La
escena logra crear una situación completa, muestra sin ambigüedades un comienzo
y un final, y al mismo tiempo nos dice que las cosas seguirán desarrollándose
en alguna dirección que quizá ya no nos concierne a nosotros en absoluto. Nuestra
relación con los personajes y la situación representada inicia y termina con la
fotografía, pero hay allí todo un mundo de significado que nos obliga a
regresar una y otra vez para entender cómo nos refleja. Los cuentos de Las grietas son fotografías como estas.
Pienso, en definitiva, que este es un libro paradójico o incluso malogrado. A pesar de la solidez general que tienen sus cuentos, de su fortaleza y de toda la satisfacción que produce su lectura individual, es difícil no sentir al terminar un cuento que ya sabemos más o menos cómo será el siguiente. El mito del buen salvaje que rodea a Las grietas es quizá su única grieta destacable, pero termina por hacer flaquear sus bases. Es este el sentido en que el libro resulta frustrante.
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