"Malas posturas" de Lina María Parra Ochoa


Malas posturas. Medellín: Editorial Universidad Eafit, 2018.


Este es un buen libro de cuentos. Lo vi por casualidad en una feria universitaria del libro y me atrajo por su carátula, que apela muy bien a algunas de las metáforas que luego el lector encuentra en él. Pero no fui yo, sino Anna, quien lo tomó y terminó por comprarlo. Es un primer libro, según la declaración de la propia autora. Pero un primer libro que muestra años de dedicación a la escritura, a la lectura parsimoniosa, a la observación constante y paciente de la vida en Medellín.

En sus once cuentos, el libro se presenta en un tono menor, sin pretensiones experimentales ni de ruptura con una tradición. Más bien se detiene con mucha serenidad en la contemplación casi silenciosa de esa clase media de la ciudad nacida a partir de los años setenta cuyos padres emigraron de los pueblos de Antioquia para asentarse en la capital. Esa clase media que creció y estudió en la ciudad, pero que regresaba cada seis meses al pueblo de sus ancestros para pasar las vacaciones con abuelos y abuelas, con tíos y tías, con primos y primas. Los personajes de estos cuentos se encuentran así escindidos por esa doble condición de citadinos y pueblerinos, que no se convierte en algo trágico, sino que define su mirada sobre esa Medellín que los rodea.

Este tránsito entre pueblo y ciudad se manifiesta en dos direcciones. Los jóvenes que crecieron en Medellín aparecen en primer lugar, en su mayoría mujeres que vivieron durante su adolescencia y su primera juventud los encuentros afortunados y desafortunados con una mirada casi exclusivamente masculina del mundo. Masculina, no necesariamente machista, aunque también machista. Una mirada que concibe la educación de las mujeres a partir del ocultamiento de su feminidad, incluso cuando son las propias mujeres quienes educan (“Educar a una mujer”), las enfrenta a los sesgos de género que surgen en los nuevos empleos que se abren para ellas (“Leyes”, “La distancia entre los árboles”), las obliga a considerar diversas opciones sobre la maternidad (“Fantasmas”, “Mitosis”), o finalmente las reduce a enfermedades que flotan en el espectro de la ambigüedad, como una voluntad de resistir a la norma, de desacoplarse del molde ( “Día de visitas”, “Malas posturas”). Una mirada masculina que incluso recae sobre los propios hombres y los desubica, pues resulta insuficiente para que ellos se acomoden con confianza a las nuevas encrucijadas y dilemas que les ofrece la ciudad (“Los límites”, “Desdoblamientos”).

En segundo lugar aparecen los mayores, personas ya viejas o en proceso de envejecimiento, incluso de decadencia, que recorren el camino contrario. Van del pueblo a Medellín, siempre como resultado de la muerte de alguien más, de su pareja de tantos años, para que hijos y nietos los cuiden en la ciudad (“Los partos”, “Pañuelos de papel”). Estos se encuentran tan escindidos como los jóvenes, incapaces de reconciliarse con una vida que, ahora cerca de la muerte, se les presenta ajena, incluso aunque nadie los rechace y en cambio los acojan con fervor. Pero en su caso el tránsito entre pueblo y ciudad deja un espacio para la nostalgia que no afecta a los más jóvenes. El mundo de estos es la ciudad, y descansan de él durante el tiempo de vacaciones para recuperarlo sin trabas un par de semanas después. Pero los mayores son seres desposeídos, anhelantes de ese territorio que debieron dejar para que sus descendientes pudieran dormir tranquilos en las noches mientras ellos se consumen en el balcón de una casa viendo cómo se deshojan los atardeceres de Medellín.

Es este tránsito, este péndulo que oscila entre el pueblo y la ciudad, el aspecto que resulta más seductor para mí en el libro de Parra Ochoa. Ni rural ni urbano, el libro se planta en ese espacio intermedio que caracteriza tan bien a esa clase media medellinense que aún chapotea, sin naufragar del todo, entre el retorno periódico a las fiestas de los pueblos y el emplazamiento anual de fondas, chivas y cabalgatas en las calles de la ciudad. Creo que su capacidad de capturar ese espacio indefinido entre lo rural y lo urbano es el logro estético más significativo de este libro.

Sin embargo, como dije antes, este es un primer libro y hay elementos que hacen notoria esta característica. Cuando se mencionan en los cuentos tomados individualmente, las referencias a la menstruación o a los calzones de mujer que bajan y suben para entrar al baño refuerzan la verosimilitud de ese terreno femenino que tiende a no nombrarse, incluso a ignorarse casi como algo obsceno. Algo semejante sucede con ese narrador omnisciente que se adelanta en el futuro de los personajes sin que ellos mismos estén al tanto, pero que ofrece al lector el resumen de una vida. Sin embargo, tomados en conjunto, estos aciertos suenan casi como un chiste inteligente repetido muchas veces, y rápidamente se convierten en desaciertos que afectan la unidad del conjunto, que dan la sensación de repetición innecesaria.

Estos son elementos que pueden mencionarse, pero que afectan muy poco la satisfacción general que produce el libro. Resalta mucho más su prosa tranquila, que fluye sin tropiezos, la solidez de sus personajes y especialmente las situaciones que describe y que reflejan las vidas de seres humanos que buscan su lugar en el mundo, y no muñecos de palabras al servicio de la escritora. 

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